Él no entendía por qué su cuerpo le dolía tanto.
Día tras día, aquella masa extraña crecía más y más, robándole la fuerza, el movimiento, el sueño… pero nunca la esperanza.
Aun cuando el dolor lo hacía temblar, él seguía moviendo la cola cada vez que alguien se acercaba, creyendo que tal vez esa persona sería quien finalmente lo salvara.
Sus ojos, grandes y cansados, hablaban por él: “Por favor… no me dejes, todavía quiero vivir.”
No pedía riquezas, ni regalos… solo una oportunidad. Una sola.
Una mano que acariciara su cabeza, un corazón que creyera que su vida aún tenía valor.
Los médicos hicieron todo lo posible, pero su cuerpo estaba débil, demasiado lastimado por el tiempo y el abandono.
Y aun así, mientras yacía sobre la mesa, con su pata vendada y el tumor presionando su costado, él seguía mirando a su alrededor, buscando un rostro amable, una voz que le dijera que todo estaría bien.

En su último aliento, no hubo rencor. Solo gratitud.
Porque hasta el final, él siguió creyendo en el amor.
Y en el silencio de aquella sala fría, quedó flotando su súplica más pura, la que ningún corazón debería ignorar:
“No me olvides… yo solo quería vivir.”